Soy de Getafe, una localidad obrera del sur de Madrid. Limita con Leganés, Fuenlabrada, Pinto y Villaverde. Con los años, ésta última fue absorbida por Madrid para convertirse en un distrito más de la capital. Uno de los más pobres, por cierto. Tan humilde como los pueblos del sur, conocidos en su época como ‘ciudades dormitorio’. Pero en los últimos años se han desperezado, al igual que otras muchas ciudades españolas, y tratan de buscar su lugar en el mundo. Dar con algo que capte la atención del más allá. Getafe, por ejemplo, lo hizo a través de su universidad pública —Carlos III—, cuyo diseño del edifico Carmen Martín Gaite ha llamado la atención internacional. Incluso contó con un proyecto del mismísimo Norman Foster para construir el Museo de la Aviación en la Base Aérea de Getafe.

 

El Museo Guggenheim de Bilbao
El Museo Guggenheim, el gran icono de Bilbao

 

Para mí, Madrid siempre fue una ciudad ajena, un lugar por descubrir. En ella me sentía como un visitante más. Nunca fue mi ciudad. Yo era de Getafe. Siempre la visité como un explorador, tratando de encontrar algo nuevo que me sorprendiera: desde Sol, la Plaza Mayor y el Palacio Real cuando era niño hasta Madrid Rio, el Matadero y las torres de la Castellana de adulto. Pero hace tiempo que eso no sucede. Ni me sorprende nada ni logro identificar la ciudad con ningún edificio. A veces lo pienso: si tuviera que hacer un cartel promocional de Madrid, ¿qué edificio elegiría? El Pirulí estuvo bien en su momento, pero estamos en otra era. Para una ciudad sin ningún emblema arquitectónico clásico —pienso en la Torre Eiffel, el Big Ben, el Coliseo, el Cristo Redentor o la Sagrada Familia, por ejemplo—, erigir uno moderno resulta más que necesario. El cartel lo pide a gritos.

Miro a otras ciudades y admiro su osadía por lanzarse al futuro, explorar nuevos caminos y crear su propia identidad. Porque las ciudades son una marca, y como tal deberían orientarse. Y, si no, mira:

Valencia: Ciudad de las Artes y las Ciencias.

Sevilla: Torre Pelli, Parasol.

Bilbao: Guggenheim y todo lo que se construye en la Ría.

Zaragoza: Parque del Agua, Pabellón Puente, Palacio de Congresos.

Barcelona: Torre Agbar y alrededores.

Santander: Centro Botín.

La Rioja: Bodegas Ysios.

Álava: Marqués de Riscal.

Avilés: Centro Niemeyer.

León: MUSAC.

Tenerife: Auditorio Adán Martín.

Logroño: Estación de autobuses.

Cordóba: Museo Medina Asahara.

Cartagena: ARQUA (Museo de Arqueología de Cartagena.

 

Torre Agbar de Barcelona
Alrededor de la Torre Agbar crece una ciudad nueva.

 

Por no hablar de las grandes ciudades europeas:

Londres: London Eye o cualquier edificio de la City: Lloyd’s, Gherkin, etc., el London City Hall, The Shard.

París: La Pirámide del Louvre, pero también la Filarmónica de París, el Arco de la Defense, Pompidou, el Instituto del Mundo Árabe, la Fundación Louis Vuitton.

Berlín: El Reichstag y varios más.

Y así podría seguir hasta el infinito. Porque a mí, como viajero y amante de la arquitectura, me atrae admirar estas creaciones. Mi subconsciente las tiene en cuenta a la hora de elegir un destino. Sin embargo, en Madrid, con todo tan visto, me apetece mezclarme con su gente y no salir de los bares. Aunque, bien mirado…