Empezamos el viaje a Tailandia con buen pie: tres días de trekking en Chiang Mai (te lo cuento aquí), dos noches durmiendo en plena selva y cuatro saboreando comida especiada. Si aún nos quedaba algún resquicio de ciudad en el cuerpo era porque teníamos el virus inoculado hasta el tuétano. Estábamos dispuestos a sacudirnos el velo gris que nos acompañaba como un perro recién salido del agua. Así que no nos dimos ni un respiro: nada más poner un pie en el Aeropuerto Internacional Suvarnabhumi de Bangkok, nos fuimos directos a por un taxista.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Nuestro taxista tailandés, en acción.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
El taxi rosa tailandés nos dejó de una pieza en el ferry.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Un elefante, en el ferry a Koh Chang.

 

¿CUÁNTO NOS COBRAS POR LLEVARNOS A KOH CHANG?

Aquella era la pequeña isla que habíamos elegido para pasar unos días en la playa. No queríamos oír hablar de Phuket ni de otros enclaves del sur de Tailandia, donde se concentra un turismo que, digamos, no va con nosotros. Así que pusimos el ojo en aquella isla con forma de culo de elefante –eso es, al menos, lo que significa Koh Chang– e iniciamos una nueva negociación para emprender la marcha cuanto antes. Cerramos un precio, acordamos con el taxista que él mismo nos recogería en Koh Chang para llevarnos al próximo destino (te adelanto que será Siem Reap, la ciudad de Angkor Wat) y echamos los bultos al maletero. Nos esperaban 300 kilómetros y cuatro horas de trayecto. Aquello prometía.

 

Koh Chang, la mejor isla de TailandiaKoh Chang, la mejor isla de Tailandia

 

DE BANGKOK Al FERRY: 300 KM. EN TAXI

De pequeño, hacer 300 kilómetros por carretera para ir a la playa era peor que soportar una clase de matemáticas. Por más que te esperaran el mar y las vacaciones, aquello se hacía interminable. En Tailandia, sin embargo, si das con el taxista adecuado, la experiencia supera a lanzarse en paracaídas o hacer puenting. Es, cuanto menos, excitante. Aquel simpático conductor no sólo iba rápido, sino que disfrutaba especialmente con los adelantamientos. Si el taxista en cuestión hubiera vivido en la España de los 80, en aquellos años del 124 con las ventanillas bajadas, el cassette a todo volumen, los chiquillos peleándose en el asiento de atrás y la necesidad imperiosa de reducir a tercera para coger reprix y rebasar así a los trailers que se sucedían en la Nacional, su vida hubiera sido de color de rosa. Así lo imaginaba yo mientras devorábamos kilómetros en aquella carretera tailandesa, entre risas nerviosas y miradas lánguidas por la ventanilla. Así transcurrió nuestro viaje rumbo al ferry de Koh Chang, donde nos disponíamos a dar el salto a nuestro pequeño paraíso.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
En camino por la playa en busca de un hotel.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Este era el panorama delante de nuestro hotel.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Y éste, el camino de la habitación a la playa.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
La piscina y, a la izquierda, nuestra habitación triple.

 

FERRY Y EXPEDICIÓN POR LA PLAYA EN BUSCA DE UN HOTEL

El trayecto en ferry no tuvo más misterio. Cincuenta apacibles minutos antes de afrontar el siguiente reto: la elección del hotel donde pasaríamos las próximas ocho noches. No teníamos reserva, ni siquiera habíamos curioseado el tipo de alojamientos que nos encontraríamos, así que nuestra estrategia fue la siguiente: cogimos un minibús hasta la zona de los resorts y, una vez allí, nos cargamos el petate a la espalda y empezamos a andar por la playa preguntando precios en los hoteles que nos llamaban la atención. Así lo hicimos hasta que dimos con el nuestro, KB Resort, un complejo de cabañas a pie de playa bien disimulado entre palmeras y demás vegetación. Reservamos una habitación triple junto a la piscina, donde un camino conducía directamente al mar. A su lado se encontraba el restaurante, sobre la arena. Allí nos quedamos, al módico precio de 19€ por persona y noche. Lujo asiático.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Tree House, un chiringuito con mucho encanto.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Una tarde cualquier en el Tree House.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Atardece en el Tree House.

 

UNA DULCE RUTINA

Nuestra vida fue apacible en aquel lugar. Te lo puedes imaginar: zumos naturales, playa, masaje, lectura, masaje, piscina, masaje… Alternábamos sin descanso este tipo de actividades aunque, ojo, también recorrimos la isla. Alquilamos un par de motos para salir de aquella rutina —lo hicimos en un negocio que hay justo enfrente de la entrada al hotel—. Y descubrimos un lugar maravilloso de playas paradisíacas, chiringuitos de troncos sobre el agua (El Tree House en Lonely Beach es un lugar mágico, no te lo puedes perder), un pueblo construido encima del mar (Bang Bao, te hablo de él más adelante) y suficientes lugares como para salir a cenar y tomarse algo sin tener que repetir.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Asomarse al pasillo nada más levantarse y ver esto.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Una mañana madrugamos para ver los efectos de la marea.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Una isla que te devuelve a la infancia.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Lluvia torrencial: de mayo a noviembre es la estación húmeda.

 

CENA Y FÚTBOL EN LA PLAYA

Recuerdo especialmente una cena en la playa: una mesa iluminada por una bombilla colgada de un árbol —nada de guirnaldas de revista fashion de moda—; a nuestro lado, una barbacoa de donde salían vieiras, camarones y demás productos a los que yo no estaba habituado. Reconozco haber olvidado el menú; también lo que costó (mucho menos que una cena en España, desde luego), pero siempre recordaré aquella escena, a la que trato de volver con cierta frecuencia. Diría que pienso en ella más de lo que miro el imán que traje para la nevera. Tampoco olvidaré el partido de fútbol que jugamos después, mezclándonos con gente de allí, en el que perdimos las llaves de una de las motos. Un pequeño drama pero, ¿a quién le importó? Sin darnos cuenta, habíamos sufrido una ligera transformación. Decidimos dejarnos llevar, jugar a no tener obligaciones y, si acaso, alguna responsabilidad. Pero, de alguna forma, nos habíamos trasladado a la infancia. Para eso viajamos, pensé: para sumergirnos en todo lo que anhelamos.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Bang Bao, una aldea sobre un pantalán.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Todas las construcciones están sobre el mar en Bang Bao.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Y, al fondo, el faro.

 

UN DECEPCIONANTE BUCEO EN BANG BAO

Hablando de sumergirse, aproveché el exótico entorno en el que me encontraba para hacer un par de inmersiones en un centro de buceo de Bang Bao, el pueblecito construido sobre el agua que mencioné antes y que, por supuesto, te recomiendo visitar si vas a Koh Chang. Sin embargo, la experiencia no fue buena. Elegimos un día de mala mar, el agua estaba muy removida y apenas vi nada. Al igual que recuerdo cada detalle de aquella cena en la penumbra de una bombilla y el sonido de las olas, de los 45′ de la inmersiones sólo conservo recuerdos marrones entrevelados y fango. Una pena. Los que hicieron snorkel disfrutaron más que yo. En el trayecto de regreso a Bang Bao me dio por pensar.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Aunque no lo parezca, el barco se movió de lo lindo.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Listo para saltar al agua. Todo ok.

 

El gesto, esta vez, no lo dice todo.

 

Koh Chang, la mejor isla de Tailandia
Un padre jugando al fútbol con su hijo. ¿Te suena, no?

 

En un sitio como aquel apenas sientes nostalgia del hogar. Echas de menos el jamón, eso es cierto, y quizá algún surtidor de gasolina que supla las botellas a 40 bahts el litro que te dejan un apestoso olor a combustible en las manos, pero no es fácil renunciar a ciertas cosas: el sosiego, las sonrisas, la amabilidad desinteresada, los colores, el atardecer… Como dice Paul Theroux en su libro Fresh Air Fiend,

 

“entre las razones ocultas para viajar, una de las principales tal vez sea encontrar escenarios que valgan de ejemplo para los que albergaron nuestras mayores alegrías. La búsqueda de versiones idealizadas del hogar: en realidad, la búsqueda del recuerdo perfecto”.

 

Koh Chang era una buena idealización del hogar perfecto, pero había que ponerse de nuevo en camino. Nos esperaba un lugar mágico, posiblemente el más asombroso al que he viajado. Y el trayecto es digno de contar.