Vivo con una mallorquina y siempre me ha maravillado su fijación con el mar. Yo, que soy de Getafe, reconozco que no tengo esa vinculación con la meseta. Me identifico con ella, pero no echo de menos encontrarme una planicie a 600 metros sobre el nivel del mar allá donde voy. Supongo que soy más despegado. Eso sí, admito que el mar tiene una gran capacidad de atracción. Hay días en los que el cuerpo te pide estar cerca de él (si te apetecen otros planes lejos del mar, pincha aquí, seguro que te interesa). No se trata de tenerlo presente, mirar de reojo y saber que está ahí. Quieres algo más: que esté a tu lado, respirarlo y notar sus cambios de humor. Ver cómo pasa del azul claro al azul intenso, turquesa y gris nosequé (me pierdo en las tonalidades, lo siento). Para uno de esos días, si vives en Mallorca o tienes pensado visitar la isla, te propongo un plan a solas con él. Sin darte cuenta, estarás viajando muy lejos.

 

Cabo de Ses Salinas: inicio de la ruta.

 

Este es el entorno que te espera.

 

1. DEL FARO DE SES SALINES A ES CARAGOL _ 30′

La ruta empieza en el Faro de Ses Salines, el punto más al sur de la isla, y tiene dirección oeste. Te pondrás en marcha sobre un terreno escarpado, pura roca, con el mar a la izquierda y una inmensa finca a la derecha. La valla que delimita la propiedad te acompañará todo el trayecto. Junto a ella, un sendero que tampoco te va a abandonar. Como ves, la excursión no tiene complicaciones: basta con seguir el camino hasta que te canses de andar. Para nosotros, el final está en Cala en Tugores, donde daremos marcha atrás. Una ruta sencilla con un objetivo claro: pasar un día en compañía del mar.

 

Así se ve Cabrera si el día está claro.

 

Bienvenido al paraíso.

 

En el primer tramo deberás compartir la atención de las olas con el suelo que pisas, plagado de piedras y socavones. Los agujeros son producto de la extracción de marés, la piedra que ha dado forma a los pueblos de Santanyí: roca arenosa, sumamente porosa, que no necesita el paso de los milenios para erosionarse. Durante la ruta encontrarás marés en pleno proceso de transformación: verás in situ el paso de piedra a arena. Una clase de conocimiento del medio —con este ridículo nombre se conoce ahora la asignatura de Naturales—. Los primeros socavones que encontramos son perfectamente geométricos. Parece que hubieran horadado el terreno con escuadra y cartabón: cuatro bloques aquí, cinco allá, diez más acá, y ya tengo una pared de casa. El suelo se ha transformado hasta convertir  la zona en unas pequeñas ‘médulas’ a la mallorquina —muy pequeñas, eso sí—.

 

Típica cerca mallorquina: piedra sobre piedra.

 

Fantaseando con la casa que te harías si te dieran acceso a semejante cantera llegarás a Es Caragol, donde pensarás que sigues soñando. Decir que es una playa paradisíaca es quedarse corto. No le hace justicia. A mediados de otoño, si el cielo está despejado, salpicado de nubes de un blanco intenso y no hace viento, te invadirá una gran sensación de quietud, como si el tiempo se hubiera parado en seco. Efectivamente, creerás que alguien te ha traído el Caribe a casa: agua cristalina, arena blanca, un entorno completamente natural, nada de construcciones alrededor —salvo una casa en un costado— y, por suerte, ni un sólo barco fondeado a la vista. ¿Y este lugar que hace aquí?, te dirás. Y sin coger un avión… En este tramo, hasta el otro extremo de la playa, no te mancharás los pies de arena: irás flotando.

 

Se aprecia la quietud en Cala en Tugores.

 

No descartes darte un baño a finales de noviembre.

 

2. DE ES CARAGOL A CALA EN TUGORES _ 50′ 

Al llegar al otro extremo de la playa el camino continúa, de nuevo sobre terreno escarpado. Siempre junto a la valla que delimita la finca y a escasos metros del mar. Uno de los placeres que encierra esta ruta es dejarse llevar: no hay que gastar energías en descifrar el camino, sólo mover las piernas y sentir los estímulos más básicos del entorno: el sonido del mar, la brisa, el sol templado de noviembre y, entrada la tarde, observar a los conejos que se aventuran a cruzar el camino.

 

Cual hobbit con mi bocadillo.

 

Un mullido suelo de algas.

 

Más adelante nos espera Cala En Tugores, un brazo de mar que rodearemos entre rocas de marés erosionado y una enorme capa de algas en la orilla. Allí se han ido amontonando con el tiempo y, por suerte, nadie se ha ocupado de quitarlas. Un entorno completamente natural, de esos que tanto escasean en estos tiempos. No encontrarás una superficie más cómoda para hacer parada y fonda. Con el sol de frente y a escasos centímetros del agua, dedícate a no hacer nada. En cuerpo y alma. Cómete el bocadillo, date un baño otoñal, duerme la siesta o mira al infinitivo. Difícilmente disfrutarás más de todo esto en otro lugar.

 

El camino, entre la finca y el mar. No tiene pérdida.

 

Es Caragol, al atardecer. Un panorama muy diferente.

 

3. CAMINO DE VUELTA _ 1:15 H.

Cuando sientas que ya no puedes soportar tanta calma será el momento de emprender el camino de vuelta. Si lo haces de un tirón no te llevará más de una hora y cuarto. Pero, si te sabe a poco, puedes seguir hasta Es Carbó y volver. De regreso, habrán cambiado los colores, el mar tendrá otra cara y puede que se haya desperezado. Disfruta de la vuelta como si fuera otra ruta. Realmente lo será. Por el camino no encontrarás fitas, esos pequeños montículos de piedras que levanta la gente para señalizar el camino. No son necesarias, ni para la ruta ni para el entorno. Como tampoco lo deberían ser los plásticos, pero me temo que es demasiado tarde para eso. La entrada a Es Caragol por el sur está plagada de pequeños residuos, miles de motas de colores entre granos de arena que evidencian un claro síntoma: el mar no los asimila bien, por eso los expulsa.

 

Los plásticas, cada vez más presentes en las playas.

 

Pensando en nuestra innata capacidad para destruir el entorno diviso de nuevo el faro de Ses Salines, que ahora mira desafiante al mar. Éste le encara con gesto serio, lejos del apacible semblante que mostraba por la mañana. Cae el sol y las facciones se endurecen: nubes grises asoman en el horizonte y el mar se encrespa. Su compañía ha sido grata, pero es el momento de dejarlo a solas. Antes, eso sí, de volver a él.

 

Aquí termina nuestro viaje.